Concierto de Iratxo (01/02/13)

Sean bienvenidos a la cocina de un artista con "duende" propio

 
Madrid.- Menú gourmet de tres platos: un entrante, un primero y un segundo que incluye postre. La bebida la pones tú. Eso rezaba la invitación para la cena de la noche del día 1 de febrero en la Sala Caracol. Con esa carta, no podíamos faltar.
 
El Loren se subía al escenario a las 20:30 horas, acompañado de un cajón como entrante frío a esa gran cena a la que estábamos invitados, como comensales ansiosos de probar cosas nuevas que abrieran nuestros sentidos en la noche más profunda. El cantautor, guitarra en mano, se atrevió a salir a un escenario para ser degustado solo por unos pocos asistentes, entre ellos y por un momento, policías que se colaron en la sala para asegurar que las puertas de emergencia funcionaban correctamente.
 
Arrancaba cantando siete temas, entre ellos, “Caminando”, con el que cerró unos aperitivos de esos de los que no sueles comer demasiado porque esperas a que venga el plato más fuerte. Una primera actuación poco arropada por el público pero en la que el cantante supo dar la cara.

 
Continuamos el menú con un primer plato más caliente que el anterior, sirviéndose sobre una gruesa capa de fusión en salsa rumbera. La Ganga Calé, se subía al escenario con la maleta para llevarnos de viaje a Cuba por las carreteras del ska, repostando en la rumba. 
 
La peculiaridad de sus componentes hace de este grupo, de entrada, una banda muy mestiza donde los sabores se combinan para formar un plato del que seguro querrás repetir. Entre sus nombres “La Vecina”, “Perro Guardián” o “Déjate de escribir cuentos”, pero si creías que carecían de la temperatura adecuada, “El muerto vivo” de Peréz acabó de calentar el horno.
 
A mitad de los platos, nos presentaron a los pinches y al cocinero con aroma a ska, donde este último se arriesgó a tirarse hacía el público siendo manteado hasta la saciedad. Por eso, agradecieron al público existente su presencia con “Tarde noche”, y finalmente nos desvelaron su secreto más preciado, “La receta de la felicidad” dedicada a aquellos que siguen apostando por la música en directo, con coreografía incluida.
 
Tras un pequeño parón para reposar lo que hasta ahora habíamos escuchado, el segundo plato, aquel que te llena hasta la extenuación estaba a punto de salir. Nosotros ya sabíamos su nombre pero hacía demasiados años que no teníamos la oportunidad de poder degustarlo en directo y la curiosidad por saber cómo podría haber evolucionado nos intrigaba. El chef, un artista, el plato, un nombre vasco, los acompañamientos varios a elegir desde la trompeta hasta el bajo, pasando por la guitarra, el saxo o la batería.
 
Iratxo salía al escenario y comenzaba a sonar “Páralo”, seguido de “Lavapiés” y “Fuera”. Habian pasado tan sólo tres canciones y nos había sido suficiente para notar un cambio en la receta, el chef parecía haber madurado, estaba más asentado sobre el escenario, destilaba seriedad en lo que hacía y resultaba más perfeccionista, lo cual chocaba con los constantes nervios que mostraba de vez en cuando que hacían que su cara se transformara. Es lo que sucede cuando la presión puede contigo y te juega malas pasadas. Pero, pese a todo, la manera de cocinar cada plato era diferente a la que veíamos hace cuatro o cinco años sobre otro escenario, el olor a una mayor profesionalidad sumado a las ganas extremas de querer hacerlo bien impregnaba la sala, mientras siete cámaras se distribuían por la misma para grabar todo lo que allí ocurría y así hacer un libro de recetas en forma de DVD.
 
“Mi trigal” hizo participar al público en el cierre de la canción, a la que le siguió “Vida” o “No me da la gana”. Y sin darnos cuenta, sobre el escenario nos encontrábamos con otro de los cocineros que se mueve en uno de los múltiples restaurantes madrileños, Chiqui de Canteca de Macao aportaba su toque a “Sin fe”. A él le seguía todo un clásico del grupo “Los colores del arlequín”, que continuaba con “El ombligo del mundo” y “Tu bufón”.
 
El calor de la cocina cada vez era mayor, e incluso el artista culinario tuvo que quitarse la camiseta antes de incorporar el cajón como nuevo ingrediente, para hacer sonar “¿Dónde está?” y continuar con “La fiesta en paz”. Momento en que el chef se retiró y dejó al cargo de la cocina al resto de pinches o ayudantes de cocina que se montaron una versión instrumental al más puro estilo iratxo abriendo paso a los temas más lentos del concierto.
 
Tanda que comenzó con Eva Sierra subida sobre la tarima para cantar “Colmena de agujas”. Pero como no podía ser menos, la calidad debía ser la mejor para el momento. Por eso a mitad de la receta el chef dijo “stop” y se quejó de la afinación de su guitarra, como quien se queja de que su cuchillo no está afilado. Vuelta a empezar, porque como él mismo dijo “quiero que esta canción quede de puta madre". Durante toda la actuación se notó ese arropo y esa calidez que alguien con tablas debe tener con alguien que está empezando, dejando a ella su propio espacio, dejando que se luciera sin hacerla sombra, con miradas de complicidad y cariño. Ver todo eso encima de un escenario, al margen de la música, es curioso, un disfrute que nos ayuda a analizar un poquito mejor como es la persona que está ahí arriba.
 
Tras ese tema, todo parecía indicar que iba a empezar a sonar uno de los mejores temas de su último disco “Nana”. Un tema que en directo nos dejó fríos. No nos hizo sentir aquello que nos provoca al escucharlo en el disco. Quizá fue porque esperábamos que se mostrara ante nosotros mucho más intimista, del artista sólo con guitarra en mano frente al público en medio del escenario y con una suave luz cenital, y no fue así. Sentándose a un lado, el peso de la canción no cayó tanto en el cantante a solas con su voz, como en una bailarina de la danza del vientre que salió al escenario, rompiendo con ese momento que en nuestro fuero interno habíamos dibujado. Lo cierto es que la chica sincronizó los movimientos perfectamente con la música y lo hizo realmente bien, pero esa no era la canción. Ese no era el plato al que le faltaba sal, era una receta cuyo sabor no debía ser mezclado con otras especias porque acabarían por ocultar su esencia.
 
“Ciego” y “Sal y vinagre”, cerraban la parte más calmada de la noche para dar paso a la auténtica comida picante, de sabores fuertes e incendiarios. “No es la primera vez” abría la veda a los verdaderos pogos del público (pese a que en menor medida ya se habían sucedido). Éstos se exacerbaban aún más con “Mundo loco”, “La parra, el cogollo, la azul y la marea” o “Grita”. Los pogos constantes se hacían con la sala mientras algunos intentaban huir de la multitud de golpes. Y tras el ejercicio incesante, un momento de relax, que hizo que parte del público comenzará a tirar cigarros al escenario, uno tras otro, hasta que finalmente el artista se planteó la idea de “dejar la música y montar un estanco”. Sería una auténtica pena, pues los buenos cocineros musicales no abundan y se desaprovecharía el talento innato que algunos tienen para dedicarse a hacer aquello que les apasiona.
 
“La madrugá” se nos echaba encima y solo nos quedaban tres postres para culminar con el menú de esa noche. “El aire que da la vida”, nos recordó los sabores de sus inicios. “Te regalo un velero” nos mostraba la situación actual, mientras que “Al carajo, pico y pala” se recreaba en la evolución que había tenido el grupo. Toda una historia dibujada a modo de postre en tres pasos que nos permitían disfrutar del antes y del ahora.
 
Una noche, en la que el menú no defraudó. El segundo plato fue como esperábamos, aunque con un sonido que no estuvo todo lo bien que pudo estar en algunas canciones, pero en el que nos dimos cuenta de si algo tienen los verdaderos artistas es que saben evolucionar para construir con fuertes cimientos aquello para lo que siempre estuvieron destinados: un plato que saborear en cada bocado.
 

- Piltrafilla -

Fotografías realizadas por Cristina RH